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domingo, 15 de noviembre de 2015

El manuscrito

 

El Manuscrito

Despertó  en la madrugada con la sensación de no haber pegado los ojos en toda la noche. Estaba tensa. La muerte de doña Ignacia de La Fuente, directora de la biblioteca en donde prestaba sus servicios, la había colocado  en una situación  incierta; podía ser removida de su cargo en cualquier momento.   

La mayor parte de su existencia había  transcurrido entre esos muros de papel. Todavía recordaba  los ojos acerados y  fríos de doña Ignacia cuando veinte años atrás, siendo todavía una jovencita, se presentó, muerta de los nervios a calificar para el cargo de ayudante de archivo, y la alegría inmensa que le produjo días después la noticia de que había sido aceptada. De allí en adelante compartió junto a ella un mismo espacio de trabajo y similares ocupaciones. Durante más de veinte años trabajó  a su lado como coordinadora del archivo en una rutina continuada que se convirtió en  su forma de vida. 

Pero doña Ignacia mantuvo siempre entre ambas una evidente distancia. Sus cargos marcaron profundamente su relación. Nunca hubo entre ellas un acercamiento o un motivo de confidencialidad.

Su muerte, ocurrida ese fin de semana,  tomó a Agnes por sorpresa. Nada le hacía presagiar que doña Ignacia fallecería de manera tan repentina. Le faltaba un año para jubilarse, pero  tenía todavía una apariencia juvenil y no parecía sufrir ningún quebranto de salud. Antes bien, Agnes había percibido últimamente en ella, una especie de vibrante expectativa. Tal parecía que su próximo retiro la tenía jubilosa aunque en algún momento, también le pareció ver en su expresión algo de temor. Sabía que entre sus planes estaba viajar a Connecticut para visitar la Biblioteca Beinecke de libros y manuscritos raros. La fantasía de cualquier bibliotecólogo. Parece que había hecho contacto allá con algún funcionario importante.Tendrían mucho de que hablar seguramente. Un infarto súbito acabó sin embargo con sus planes.

A pesar de que entre ellas hubo siempre un trato más bien frío, Agnes no pudo evitar conmoverse y sentirse apenada por su partida. 

Al llegar a la biblioteca se dirigió de inmediato a su oficina no sin antes observar desde lejos, con un poco de prevención la de la directora que en ese momento permanecía cerrada. Mientras se designaba su reemplazo en forma oficial, ella había sido nombrada directora interina. 

Las siguientes semanas, se dedicó  a organizar el trabajo. La forma de manejar el archivo había cambiado mucho a lo largo de los años; se continuaba prestando especial atención a los libros impresos en papel para que el paso del tiempo no los destruyera,  pero ahora se  filmaban  todos los textos y se archivaban en discos duros. Una labor prolija y de mucha responsabilidad. El día anterior entrevistó a varias jóvenes una de las cuales ocuparía su cargo.  Se sorprendió al observar que su actitud para con las aspirantes parecía copiada  fielmente de la fría y rígida que tuvo para con ella Ignacia De la Fuente, veinte años atrás. "Quizá, pensó, eso hace parte de su legado".

Las ocupaciones de su nuevo cargo no la tomaron por sorpresa; durante el último año la directora había delegado en ella casi por completo  el funcionamiento de la biblioteca para dedicarse con inusitado entusiasmo a revisar y catalogar los vetustos libros antiguos de los que no existía en la biblioteca  un archivo confiable.

El área destinada para ese tipo de obras estaba  situada en las bodegas del primer piso; un espacio un tanto sombrío. Esa mañana, después de explicar a su ayudante las labores del día, Agnes se dirigió al lugar. Quería observarlo personalmente y ver qué cosas había dejado inconclusas doña Ignacia. 

Desde hacía ya unos meses solo había acudido hasta allí en contadas ocasiones; la directora  le había ordenado de manera terminante no interrumpirla ni permitir a nadie la entrada. Al ingresar,  no pudo evitar un estremecimiento al percibir  la  atmósfera enrarecida mezcla  de papel envejecido y olor a pasado que se respiraba en el lugar. Abrió las ventanas y se acercó luego al escritorio de la difunta.

Allí, desmadejada frente a su escritorio la había encontrado en la madrugada el vigilante, varias semanas atrás. El hombre había acudido hasta ese sitio al observar que a pesar de la hora, todavía había allí luces encendidas. Al parecer,  doña Ignacia se quedó en la noche revisando algo y la muerte la topó de improviso. 

Según le confío el vigilante en forma reservada, su rostro inerte tenía un impresionante gesto de terror. Agnes le recomendó no darle importancia al asunto ni  hablar de ello. Le explicó que un médico le había comentado que durante un infarto la persona experimenta un gran pánico. Eso fue seguramente lo que quedó reflejado  en el rostro de la difunta. 

Con un tanto de recelo y respeto observó sus pertenencias. Todo parecía estar en orden. Doña Ignacia era una mujer metódica y organizada. En un cuaderno estaban anotados sus últimos apuntes. Parecían interesantes; tendría que leerlos con detenimiento. Pero extrañamente, todos eran de varios meses atrás. El único comentario reciente fue escrito al parecer el día anterior a su muerte: "Ya falta poco". 

¿A qué se referiría? Sabía que cuando el vigilante la encontró tenía sobre el escritorio un texto antiguo que seguro estuvo leyendo esa noche. ¿Cuál sería? Todo se había vuelto a colocar en su lugar. Tendría que hablar con la persona que realizó la limpieza.

 Echó una ojeada a los valiosos volúmenes y manuscritos. Todas las obras estaban colocadas  en las estanterías con una gran simetría. Su  mirada sin embargo, se detuvo de pronto en uno que rompía esa armonía como si hubiese sido puesto allí por alguien inexperto.

Lo sacó y trató de acomodarlo, pero algo le hizo tomarlo de nuevo y abrirlo. Con infinito asombro comprobó que parecía una copia exacta del famoso manuscrito Voynich. ¿Cómo podía ser eso? El manuscrito era único. Lo conocía muy bien; estaba  resguardado celosamente en la  Biblioteca Beinecke de libros y manuscritos raros de la Universidad de Yale. 

"A no ser, a no ser, que hubiesen existido dos", pensó agitada.  Hasta ahora era un misterio su contenido, ningún lingüista pudo nunca descifrar el extraño lenguaje en el que fue escrito ni identificar sus dibujos a pesar de los numerosos intentos por lograrlo. 

Imbuida por una febril ansiedad, Agnes fue pasando las páginas del manuscrito; experimentaba una emoción indescriptible. Quizá era eso lo que mantuvo a doña Ignacia tanto tiempo apartada del resto de sus funciones. No era para menos. Aquel era un hallazgo increíble. ¿"Sería por eso que  deseaba ir a la Universidad de Yale? ¿Querría cotejar este manuscrito con el que allí se custodiaba? 

Continuó pasando las páginas y entonces descubrió, casi paralizada por la emoción, lo que realmente había tenido cautiva a doña Ignacia. En su interior, con las mismas imágenes y plantas del libro original, había dos  páginas escritas en alemán y  latín;  páginas que  no constaban en el libro que ella conocía. Comprendió entonces la magnitud del hallazgo. Aquel descubrimiento tenía algo de similitud con el de Champollion. Esa era la clave para desencriptar el documento. ¿Sería a eso a lo que se refirió doña Ignacia cuando escribió en su diario:  "Ya falta poco"?

Conocía algo de alemán y todavía recordaba sus clases de latín. Con vivo interés intentó por unos momentos descifrar el contenido de las páginas escritas en esos idiomas. Lo que allí estaba escrito era confuso y a la vez atemorizante.

Dejó de leer y continuó pasando las páginas. Casi al final, una sorpresa más, un texto de doña Ignacia escrito a mano con rasgos un tanto temblorosos y desiguales:

“He desistido de mi propósito. Tengo sobradas razones para considerar que este tratado no debe estar al alcance de toda clase de personas, sobre todo, de aquellas de quienes  se ignore su naturaleza. Comparto la preocupación de Jacques Bergier, autor de "Los libros condenados", no porque este libro sea un anatema sino porque su contenido es altamente peligroso al alcance de personas inescrupulosas y malvadas a quienes no importen las consecuencias degenerativas celulares y la alteración de los códigos genéticos. Este texto fue escrito por una sociedad secreta cuyos miembros no son de este planeta. Se ha cometido una ligereza de consecuencias incalculables al haber expuesto este tratado de manera pública sin  haber tomado las previsiones concernientes y necesarias para evitar situaciones inseguras para toda forma de vida en la tierra. El hombre se ha permitido jugar con la naturaleza e incluso experimentar con el ADN pero ahora tiene en sus manos algo que supera en mucho todo lo que hasta ahora ha desarrollado.

“No es buena idea compartir este secreto. No todavía. Debo esperar su visita". 

Agnes estaba desconcertada. Después de su emoción inicial, las palabras de doña Ignacia la habían dejado pensativa y atemorizada. Sentía como si presencias extrañas se hubieran apoderado del lugar y la vigilaran. Tomó el libro y presa de enorme inquietud, lo volvió  a su sitio. Ella tampoco tomaría todavía una decisión.

Al igual que lo había hecho su predecesora, las siguientes semanas se dedicó de lleno a tratar de traducir el misterioso manuscrito. Estaba fascinada por lo que iba conociendo. Sabía que estaba dejando abandonadas sus funciones en el resto de la biblioteca pero desentrañar el significado del enigmático texto se convirtió para ella en algo apasionante y absorbente. Su vida, caracterizada solo por matices grises, había tomado ahora un deslumbrante colorido. Conforme avanzaba en el complejo proceso de transcripción experimentaba un mayor deslumbramiento y asombro.  

Debió reconocer que doña Ignacia tenía razón. Eran verdades terribles las que ahí se revelaban. Procesos misteriosos y peligrosos para la humanidad. Debería poner el libro a buen recaudo. No podía permitir que cayera en otras manos. 

 Esa mañana, al acudir a su oficina encontró sobre su escritorio una carta de la Alcaldía en la que se le notificaba que el nuevo director había sido ya nombrado. Se posesionaría el lunes siguiente. Agradecían sus servicios y le comunicaban su traslado a otra biblioteca.

Experimentó una opresiva sensación; ahora, así, de un momento a otro y después de tantos años, su vida cambiaba de rumbo. Extrañamente, sin embargo,  no era eso lo que más la angustiaba. Su pensamiento estaba fijo en el manuscrito. No podía dejarlo ahí. Debía protegerlo. 

Dos noches después, de manera imprevista, se originó un incendio en la biblioteca muy cerca de la bodega de libros antiguos. El vigilante alcanzó a dar a tiempo la voz de alarma y el siniestro fue controlado, aunque la estructura del edificio sufrió severos daños.  

De forma misteriosa, Agnes desapareció esa misma noche y no se volvió a saber nada de ella. Su ausencia se atribuyó al descontento que seguro le produjo el nombramiento del nuevo director y sobre todo, su traslado a otra dependencia.

 Alguien comentaría después, entre las muchas conjeturas y apreciaciones  que  se suscitaron a raíz del incendio, que esa noche vio salir de la biblioteca en medio del humo y del caos a una mujer acompañada de un ser extraño que portaba en sus brazos un libro voluminoso. 



 Leonor María Fernández Riva
Santiago de Cali, noviembre de 2015

  


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