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jueves, 14 de enero de 2016

Un secuestro afortunado


Un secuestro afortunado


Como todos los días,  Fabián se despertó esa madrugada cuando recién empezaba a clarear el día. Se bañó,  se vistió rápidamente, tendió su cama y bajó a la cocina en donde su madre se encontraba ya preparando el desayuno. 

–Buenos, días, mijito, ¿qué tal durmió? ­ Le preguntó ella amorosa, cuando se acercó a darle el beso de buenos días.

–¡Más o menos, ma! Creo que al final vamos a tener que cambiar el colchón de mi cama, está demasiado duro. Y cuando me despierto por la noche ya no me puedo volver a dormir. Doy vueltas y vueltas y por ningún lado me acomodo. Ayer me desvelé bastante.

–¡Ay, hijito! Poco a poco iremos haciendo todo lo que se necesita. Ya usted sabe que la pensioncita que dejó su papá no es gran cosa. No alcanza para nada.

–Ya sé, ya sé, ma. No me haga caso. Hablo por hablar. Ya falta poco para que termine y ahí, ya la cosa será otra cosa. ¡No, no, no!  No me vaya a hacer huevos hoy, tengo el estómago un poco rebotado con la comida que nos dieron ayer donde Luis.  No estoy acostumbrado a comer esas cosas. ¡Quién sabe qué me haría daño!  Solo deme un tinto con  arepa, ma, por favor.

–¡Quién sabe qué me haría daño! ¿No será mijito, que se tomó unos traguitos? Lo que debe tener es guayabo.

–Le juro, que no ma. Hoy teníamos clases. Lo de ayer fue solo una comida.

Ya mijito, pero ¿no quiere que le prepare más bien una agüita de manzanilla o de apio?

 –No, ma, gracias, no tengo mucho tiempo. Deme no más el tinto. Se me ha hecho un poco tarde y Luis va a venir a recogerme. No se imagina el carrazo que le regalaron por su cumpleaños. Voy corriendo a lavarme los dientes porque ya debe estar por llegar.

 Efectivamente,  a los pocos minutos, se oye el claxon. Fabián baja corriendo, da un abrazo a su madre y sale al encuentro de su amigo.

–Hola, Luis, ¡tremendo bólido el que te han dado, hermano! ¡Quién como tú! Eso se llama nacer con suerte –dice a su amigo a modo de saludo.

– Sí, ¿no es cierto? ¿Cómo lo ves? No te niego que es una chimba. ¡Oye! Te propongo una cosa, ¿sabes manejar, no es cierto?  Pues manéjalo unas cuantas cuadras, hermano, o  hasta la Universidad si te animas. 

–¿Lo dices de veras, Luis?  

–Sí, hombre, sí.  ¡Anímate!

–¡Bueno! ¡Para luego  es tarde! Vamos antes de que te arrepientas.

Lleno de expectación, Fabián se pone al volante y luego de familiarizarse un poco con los controles toma la ruta hacia la universidad.  Disfruta al máximo manipulando los complementos del moderno auto: la radio, el aire acondicionado, los mecanismos automáticos, el claxon… En medio de risas y  bromas, los dos amigos comparten un momento muy especial.

Distraídos, no caen en la cuenta de que una camioneta los empieza a seguir.  Al llegar a una bocacalle casi desierta, la camioneta en una rápida maniobra los adelanta y se detiene en seco frente a ellos. De inmediato, cuatro hombres se dirigen hasta su auto, los rodean y los encañonan con armas largas.  El desconcierto de los amigos es total.  En Luis, de carácter vibrante y encendido, puede más la indignación que la prudencia.

–¡Ratas de mierda! –exclama mientras ágil abre la cajuela y toma su arma, pero en ese momento un tiro en la frente lo deja sin vida.

Fabián,  impactado ante lo sucedido, se queda como en suspenso paralizado por el terror. No puede apartar la mirada de su amigo  inerte  y ensangrentado sobre el asiento del vehículo. Pero no tiene tiempo de pensar en nada. A golpes y  empujones  dos hombres lo sacan del auto y lo tiran en la parte trasera de la camioneta. Después de amarrarlo y amordazarlo, emprenden la marcha. Junto a él se sienta  uno de sus captores.

No tiene idea de cuántos kilómetros han recorrido. Solo sabe que son muchos.  Le duele todo el cuerpo por los golpes recibidos  y siente en su mente una confusión y una angustia inmensa. "Entonces,  he sido víctima de un secuestro. Es así como ocurre, pero, ¿ por qué a mí, por qué a mí?  Soy una persona de escasos recursos. Apenas si nos alcanza a mi madre y a mí para vivir. ¿Qué objeto tiene secuestrarme?". 

Luego de un recorrido que le parece eterno, la camioneta se detiene y a empujones es bajado e ingresado  a una vivienda. Lo desamarran, le quitan la venda de los ojos y lo hacen bajar por unas gradas muy estrechas que llevan a un cuarto minúsculo y oscuro. Al llegar abajo, lo tiran sobre una banca de cemento y se marchan.

 Fabián siente que atrancan con algo pesado la puerta del agujero por el que lo bajaron. El lugar es muy  pequeño y oscuro. Solo una luz casi imperceptible entra por un diminuto respiradero en la pared. Se asoma para ver si reconoce algo, si ve a alguien, pero enfrente solo hay una edificación al parecer muy vieja y ya en ruinas. Un sitio desolado.  Tiene el cuerpo molido por los golpes y su estómago revuelto.  Pegado a la banca hay un sanitario y un pequeño lavamanos. Vacía sus esfínteres y agotado en cuerpo y alma se tiende en la banca de cemento y se queda dormido.

Pocas horas después, despierta sobresaltado. Guardaba la ilusión de estar viviendo solo una pesadilla, pero con angustia comprueba que todo es real. Ha sido víctima de un secuestro. No tiene idea de la hora. Le quitaron su reloj y todas sus pertenencias. De pronto, siente que alguien mueve algo arriba, luego, se abre la puerta por donde lo bajaron y un hombre cuyo rostro no alcanza a divisar, le baja desde arriba en una canastilla algo de comer.

–¡Oiga! –le grita Fabián, desesperado– ¡Se han equivocado conmigo, soy pobre, no tengo ni en qué caerme muerto! ¡Déjenme salir, por favor!

 En respuesta solo siente que dan un portazo y trancan de nuevo la entrada.

 El tiempo empieza a transcurrir lenta, muy lentamente. Pasan varios días. En el estrecho nicho en que se encuentra no tiene espacio ni para caminar unos pasos. Lo único que puede es pensar. Su mente, trastornada y anhelante va de una situación a otra, de un tiempo a otro. Piensa en su madre, ¿cómo estará? No es justo, que le pase esto, ya sufrió bastante con la muerte de su padre ocurrida tres años antes en un accidente de tránsito. Y luego, haciendo frente a los gastos de la casa con un ingreso mínimo. Su padre trabajaba como contador en una empresa pequeña, pero redondeaba su sueldo llevando contabilidades a varias personas. Cuando falleció, solo les legó su pensión. Con ella, su madre se las ingenia para seguir viviendo decorosamente y sobre todo, para continuar costeándole su carrera de ingeniero. Un enorme sacrificio al que Fabián ha tratado de responder siempre con su mejor empeño. Experimenta de pronto una sensación de remordimiento al recordar sus quejas acerca de su colchón y hasta de la comida que le prepara su madre.  Una gran injusticia. “¡Si ella me viera ahora, durmiendo sobre cemento, sin nada con que cubrirme!”.

 Sin embargo, tiene a su favor que siempre ha sido un excelente alumno;  esa condición es precisamente la que lo llevó a convertirse en íntimo amigo de Luis Ángel, uno de sus compañeros  más adinerados. Su amistad se inició cuando Luis le consultó en repetidas ocasiones acerca de complejas facetas  de varias de sus asignaturas. De esa manera, y a pesar de la diferencia de estrato social, fue surgiendo entre ellos una estrecha amistad.

Verlo caer exánime, ensangrentado sobre el asiento del carro que acababa de recibir de regalo en su cumpleaños, fue para Fabián un golpe muy fuerte. Su mente se niega a aceptar que algo tan cruel haya ocurrido. Pero sabe que todo es real y que  él también corre el mismo peligro de muerte, que tal vez le falta poco para morir.

Sus pensamientos, se detienen al sentir que desatrancan la puerta y  la abren. Dos sujetos bajan por las gradas. El uno con una linterna y el otro apuntándole con un arma. Traen  algo de comer y de beber.

–¿Le gustó su alcoba al caballero? – pregunta con sorna el que parece ser el jefe– Si no está muy contento  podríamos mandarlo a dormir a un lugar más placentero donde el sueño es más profundo. ¡Ganas no me faltan, imbécil! Por tu culpa ya murieron dos compañeros y es posible que mueran más. Se equivocaron contigo. Al que queríamos era al muertito.  ¿Por qué manejabas tú el auto?

Así, que era eso. Por eso se había salvado. Pobre Luis, en ese país, tener dinero era un riesgo extremo. 

–Mi amigo quiso que manejara su auto para que comprobara por mi mismo lo excelente que era. Estaba recién comprado –contesta casi en un murmullo. 

–¡Háblame claro cuando me hables, pendejo! Pues sí,  mira cómo son las cosas, eso fue lo que  te salvó. Pero creo que pronto vas a envidiar al muertito si tus amigos no reúnen para tu rescate.

–¡Déjeme salir, por favor! –implora angustiado –mi madre y yo somos pobres, no nos alcanza ni para vivir. Mis amigos tampoco tienen dinero. 

–¡Si sales sin pagar rescate será con los pies por delante, cabrón! Vamos a ver qué pasa, esta película todavía no termina, parece que  el padre del muertito quiere ayudarte. ¡Ruégale a tus santos que así sea!

–¡Se lo ruego, tenga piedad de mi!

–¡Cállate imbécil!

Los días fueron pasando lentos, interminables, angustiosos, desesperados. Una lenta agonía. Fabián tiene apenas para su aseo un pedazo de jabón de lavar ropa que trata de no gastar. No puede bañarse, ni afeitarse, ni lavarse los dientes. Duerme sobre la cama de cemento sin nada que amortigüe su dureza, sin nada que lo cubra.  Su ropa está sucia, sudada, huele mal. Sabe que allí solo puede esperar la muerte. 

Una noche  sus nervios, ya siempre de punta, experimentan  un nuevo y terrible sobresalto. Es ya muy entrada la noche y a través del pequeño agujero que sirve de ventilación, se refleja de pronto una luz intensa. Curioso se empina para ver qué ocurre, y cuál  es su asombro, al ver un monje encapuchado  con un hábito semejante al de los franciscanos que parece levitar y señala con una mano flaca y transparente hacia la casa en ruinas. 

Fabián, aterrado, piensa que aquel es un espectáculo  montado por sus guardianes para torturarlo. Tiene que ser eso. Dos veces más esa semana vuelve a repetirse la extraña aparición. 

–¿Por qué me atormentan ustedes con esas apariciones fantasmagóricas, no les parece que estar aquí ya es suficiente tortura? –le pregunta a uno de sus carceleros cuando una  mañana le bajan por el  agujero de entrada el desayuno.

–¿Dé que hablas, imbécil? ¿Te estás volviendo loco?  Tenía razón el jefe cuando dijo que no eras tan resistente como aparentabas. ¡Mejor que tus amigos se den prisa!

Fabián supo entonces que las apariciones no tenían nada que ver con sus captores. Eso lo aterró aun más. A lo mejor desde el más allá le anunciaban su muerte o quizá  estaba realmente perdiendo el juicio. Las apariciones continuaron repitiéndose intermitentemente.

A pesar de no tener una idea exacta del tiempo transcurrido, Fabián sabe que han pasado ya casi tres semanas en ese cautiverio Poco a poco, en medio de su desolación, ha ido resignándose a  que ese agujero será su tumba.

Una noche, siente un gran revuelo en la planta de arriba, gente que corre, tiros y gritos. Luego, un silencio sobrecogedor.  De pronto, la puerta del agujero se abre violentamente  y arriba, en lo alto de la escalera, aparece un militar con ropa de camuflaje. No puede creer lo que ve. ¿Será otra ilusión de su mente?

No, no lo es. Varios militares llegan hasta él y al observar su estado de nervios,  le dicen que esté tranquilo, que están ahí para liberarlo. Pertenecen a una unidad especial del Ejército entrenada para liberar personas secuestradas. Han llegado hasta él por información de uno de sus raptores que desertó y pidió protección especial al verse perseguido por los mismos terroristas autores de su secuestro.

Y volvió a ser libre. Y supo entonces la felicidad que era tener cerca de nuevo a su madre, disfrutar de sábanas limpias, de un colchón que le pareció en adelante relleno de plumas, de comida caliente, de luz, de sol, de libertad.

Y pasaron los días. Terminó los dos semestres que habían quedado inconclusos durante su secuestro, se graduó y empezó a practicar su profesión con mucho éxito.

Una noche, en la que junto a su madre se encontraba de paseo en la finca de una tía lejana, escuchó con interés las historias de apariciones  y entierros que la anciana tía relataba con gran expresividad y absoluto convencimiento. Al escucharla, Fabián cayó en la cuenta de  que lo que él había visto durante su secuestro no eran  simples apariciones, y menos aun, bromas de su mente: eran un aviso. El aviso de un entierro. Y tal vez muy valioso.

Nadie pudo comprender su deseo de volver a visitar el sitio de tan funesta recordación. Y menos todavía que invirtiera todo su sueldo en comprar aquella vivienda en ruinas y que pasará allá todos los fines de semana tumbando paredes y levantando pisos con el aparente fin de reconstruirla.     ¿Habría su mente  desvariado a raíz de su secuestro?

 Tal vez, pero lo cierto es que un año después, de ocurridos estos sucesos,  Fabián Fajardo se marchó del país  y no se volvió a saber nada de él.


No hay que hacer caso a los chismes y habladurías de las gentes porque suelen ser forjados por su imaginación desbocada y por su deseo de llamar la atención, pero  según contó uno de sus antiguos compañeros de universidad que dijo habérselo encontrado en Europa, varios años después, Fabián vivía allá, junto con su madre,  una existencia envidiable, en medio del mayor confort y de una manifiesta y muy sorprendente, solvencia económica. 

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