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domingo, 24 de abril de 2016

Una noche en el tiempo CUENTO



Como cada noche, la pequeña Alexia, sentada en la banca del jardín, contempla ensimismada los astros que titilan  a lo lejos. Arrobada,  como en una especie de éxtasis, la niña tiene sus ojos fijos en el firmamento. Su cara refleja una gran  ensoñación,  parece aislada de todo lo que la rodea. Es una imagen que un pintor anhelaría plasmar en el lienzo. Su carita llena de candor, sus rizos dorados, sus hermosos y rasgados ojos azules. Una niña de apenas ocho años,  de conmovedora y extraña belleza que refleja en su expresión un anhelo difícil de comprender.

–¡Alexia! – llama desde la puerta de la cocina su madre – ¡Ven cariño! Ya es tarde y hay una brisa muy fría. Te va a hacer daño estar tanto tiempo ahí afuera,  mijita. Mañana debes madrugar al colegio.

–¡Un ratito más, mamá, por favor! – contesta la niña volteando hacia su madre su carita en  un gesto de súplica.

–¡Cinco minutos más, Alexia! Nada más. Si no entras vengo a llamarte de nuevo.

Al acompañarla a su cama minutos después, su madre le pregunta con cariño:

–Dime hijita, ¿que tanto ves allá arriba en el cielo?  ¿Por qué te gusta tanto quedarte allí, solita, en medio de la oscuridad, viendo las estrellas?

–No lo sé, mamita. Siento muchas ganas cada noche de ir al jardín y ver las estrellas. Es como si me alguien me llamara, mamita. Allá lejos tengo amigos. 

–Ideas, tuyas, mi cariño. Vas a ver como cuando aprendas a manejar el computador, todo eso lo irás olvidando. Ya verás, mi amor.

–Ya, mamita. Pero es hermoso ver el cielo.  Déjame la ventana abierta, por favor.

–Está haciendo frío, mi cariño –dice la madre, accediendo sin embargo a dejarla un poco entreabierta.

Le da un beso a su hija, la arropa bien y sale de la alcoba  con un gesto de preocupación. Es  muy extraña  esa manía que ha adquirido su hija de salir todas las noches al jardín para quedarse viendo el firmamento. 

Sin poderlo evitar, su mente retrocede en el tiempo a esa noche ocho años atrás. Es su secreto. No puedo compartirlo con su esposo. No la comprendería.  Pero siempre ha presentido que algo desconocido e insólito ocurrió esa noche. No sabe exactamente qué fue, pero ese algo,  eso desconocido que siempre la ha inquietado, oprime  con fuerza su corazón. 


–Cariño, se acostó ya Alexia? – pregunta su esposo cuando la ve llegar a la sala donde se encuentra viendo la televisión.

–Sí, mi amor.  Ya debe estar dormida. Pero, ¿sabes? Me inquieta esa manía que ha cogido de quedarse afuera viendo el cielo. ¿No crees que es algo muy extraño?

–Tal vez, querida, pero no te preocupes, los niños son así. Hay unos que tienen amigos imaginarios. Nuestra Alexia es enamorada de las estrellas. Eso no le hace ningún daño, amor, siempre que no coja un resfriado por quedarse  afuera con el sereno.

–Sí, tal vez son ideas mías. Pero no sabes como quisiera que fuera como los otros niños, que le gustara ver la televisión, los dibujos animados.  Es una niña diferente,    
¿ no crees?

–Lo es, cariño, lo es. Pero eso solo debe llenarnos de orgullo. Es una niña con una belleza diferente, abrumadora día yo. Y con una inteligencia fuera de lo común. Nuestra Alexia solo debe producirnos orgullo y  alegrías, amor.  Deja ya de preocuparte por cosas que no lo merecen. Vamos ya a la cama que es un poco tarde.

Y así, en la casa de la familia Bradley, transcurre una noche tras otra, un día tras otro. El tiempo, esa marea de años que insensiblemente va moldeando  a las personas y a las circunstancias empieza a transcurrir.

Han pasado ya quince largos años. Algunas cosas cambiaron para siempre en el hogar de los Bradley. Robert, el padre, falleció cinco años antes víctima de un cáncer que no pudo vencer. Laura Bradley, es una mujer madura que se sigue conservando atractiva, delgada y elegante. Sus ojos sin embargo, han perdido el brillo y  un buen observador podría divisar en ellos ese  destello de  temor que la ha acompañado durante largos años.

 Alexia es ahora una hermosa joven de veintidós años. Al terminar su bachillerato inició su carrera de astronomía y  se encuentra ya próxima a graduarse. Es la alumna más destacada de su promoción. Cuando sus padres quisieron hacerla desistir de ese propósito, y encausarla hacia una profesión más gratificante en la parte económica, ella  les contestó: “No puedo seguir ninguna otra carrera . Quiero estudiar el cosmos para develar los secretos del universo. Eso es lo que más anhelo. No os opongáis, por favor”.

En la noche de la ceremonia de graduación todos los ojos están fijos en esa
joven de belleza extraña y seductora ataviada con una hermosa túnica griega que dibuja en forma sutil  su espléndido cuerpo. Todo en ella es  cautivante, pero son sus rasgados ojos azules, lo que se roban toda la atención.

Su madre no cabe en sí de orgullo. Alexia no solo es hermosa, es la estudiante más sobresaliente de su promoción. Ha sido designada para pronunciar el discurso de graduación a nombre de todos sus compañeros.

Cuando le llega el turno de pronunciarlo, su voz cristalina  hace un recorrido por lo que han sido esos seis años de estudios. Ese encuentro  con los misterios y leyes del universo. Termina su palabras citando a los científicos que más admira:

Mientras más nos adentramos en las profundidades del cosmos, más misterios e interrogantes se abren para nosotros. El universo nos reserva muchas sorpresas. Y no solamente cuerpos celestes. No, tal parece que el Universo entero intentara producir vida. Debemos estar preparados para las sorpresas que en ese aspecto podamos recibir en el futuro. Tal como lo expresó Stephan Hawkin: “A muchos científicos no les agradó la idea de que el universo hubiese tenido un principio, un momento de creación, y seguramente tampoco les agradará descubrir nuevas formas de vida en otras latitudes espaciales”. Galileo Galilei afirmaba que ese gran libro del universo está continuamente abierto ante nosotros para que lo observemos. Como noveles científicos que iniciamos hoy esta aventura por los confines del cosmos debemos estar abiertos a todas las posibilidades porque como lo expresó Teillard de Chardin, "A nivel del universo solo lo extraordinario tiene posibilidades de ser verdadero”.
Un cerrado aplauso pone punto final a las palabras de Alexia. Se sigue luego el baile de graduación, pero a pesar de la insistencia de sus compañeros, Alexia se despide poniendo de pretexto que no se siente bien. La  joven tiene sin embargo, otra poderosa y más absorbente inquietud. Al llegar a su casa se dirige de inmediato al jardín en donde ha instalado su potente telescopio. Ansiosa observa el firmamento.  Revisa los cálculos y coordenadas que ha ido plasmando sobre el papel. Sí, hoy es el día. Después de veintidós años, Niburo, el planeta fantasma, volverá a pasar cerca de la Tierra. Una extraña emoción la  posee. Ha esperado durante años este día.
Laura Bradley esta nerviosa. Luego de esos momentos de orgullo y alegría vividos en el auditórium de la universidad, la angustia oprime ahora su pecho. Hace seis años su esposo fue operado de un tumor maligno en  uno de sus testículos. Cuando el doctor que lo operó conoció a su hija, ella no pudo menos que observar  la mirada de curiosidad con el que el facultativo la observó. Ese factor que había tenido su esposo desde su adolescencia, lo tornaba infértil. Ella sabía que el doctor estaba intrigado, pero no le dio ningún tipo de explicación. Solo le pidió que no enterara  a su esposo de las consecuencias que su condición habían deparado en su fertilidad. Ese día, Laura Bradley confirmó que lo que siempre había presentido era real. Que algo sucedió aquella noche veintidós años atrás.
Recuerda todavía como si fuera ayer,  esa sensación de estupor que experimentó aquella madrugada al  asomarse a la ventana para observar  esa extraña luminosidad que venía del jardín. Y el asombro que sintió al descubrir que aquella  luz provenía de una especie de nave muy brillante suspendida a pocos metros del suelo.
Lo que ocurrió después, se borró de su mente. Al día siguiente despertó en su cama junto a su esposo. Tal parecía que nada hubiera ocurrido. Lo primero que hizo fue preguntarle  si había observado la extraña luz. No, él no la había observado. ¿A qué luz se refería?
–¿Qué te pasa, querida? Por qué estás tan inquieta? Seguro tuviste un sueño –le había dicho tranquilizándola.  Pero ella, sabía que no esa eso. Varios días después las imágenes empezaron a llegar a su mente. Veía un salón muy  iluminado parecido a un quirófano, ella estaba acostada sobre una mesa parecida a una camilla. Unos seres altos y delgados de rostros hermosos y   muy pálidos, y ojos de un azul incandescente,  vestidos con trajes plateados la miraban con interés. Sintió terror. Tenía la extraña sensación de que su cuerpo había sido manipulado tal como ocurría en las ocasiones en que  se realizaba los exámenes ginecológicos. “Qué era aquello? Qué le habían hecho aquellos seres?”.  Uno de ellos se acercó y puso su mano sobre su frente. No escuchó voz alguna, pero supo que le estaba diciendo: “Nada malo te ha ocurrido. Gracias por prestarnos tu vientre. Te necesitamos”.
Sí, ahora recordaba. Aquello no había sido un sueño. Algo excepcional le había ocurrido. Y sin embargo,  prefirió callar y no decir nada a su esposo. Creería que estaba loca. Ese sería su secreto.
Quince días después supo que estaba embarazada. Un embarazo terrible, con nauseas continuas y pérdida completa del apetito. Se imaginaba gestando un ser deforme. Solo estuvo tranquila cuando la ecografía confirmó que en su vientre llevaba un feto normal. Al nacer comprobó con alivio  que su hija era una niña preciosa y sana con  unos hermosos ojos rasgados de un color azul tan extraño y brillante que a todos maravillaban.
Desde ese instante sin embargo, su vida se convirtió en un continuo desasosiego, en un temor constante. Sabía que Alexia no era completamente suya. Y al observarla durante su niñez y luego en su juventud se dio cuenta de que ella de una manera extraña también presentía eso. Que anhelaba otra vida. Que una parte de ella  pertenecía a otra existencia.
Se acercó a la ventana y desde allí vio a su hija, que tal como otras noches, observaba el cielo a través de su telescopio. Pero ella sabe que hoy no es una noche cualquiera. Presiente que algo va a ocurrir.
Con su  túnica blanca y sus largos cabellos mecidos por el viento, Alexia semeja una mágica aparición.
De pronto, la escena se ilumina, con el mismo resplandor de hace veintidós años. Aterrorizada, antes de perder el conocimiento, Laura Bradley grita a su hija:
–¡Alexia, hija mía, entra! ¡Hazlo rápido amor, corres peligro!
Al día siguiente despierta sobresaltada anhelando que todo haya sido solo un sueño. Va al cuarto de Alexia y allí todo está en orden. Nadie ha dormido en su cama. Alexia no está por ninguna parte. El terror la invade.
Se niega a pensar que su hija puede estar en poder de esos seres desconocidos, pero al no tener noticias de ella al paso de los días, Laura tiene que aceptar que eso, lo que tanto temió a lo largo de toda una vida, ha ocurrido.
Y el tiempo continua su imparable marcha. Han pasado veintidós años, desde que Alexia desapareció. Laura es ya una anciana. No es solo el tiempo lo que la ha marcado. No. Es esa espera infructuosa y continua de algo imposible. Un anhelo que consume su vida.  Una esperanza que se desvanece cada noche. 
Cada tarde, cuando las sombras empiezan a invadirlo todo, se detiene largos minutos junto a su ventana observando el firmamento con una mirada de ilusión en sus ojos. Cada mañana vuelve a despertarse sintiendo la misma y amarga decepción.
Esa noche, se siente más cansada que nunca. Ha perdido ya la esperanza. Con pasos lentos y exhalando un profundo suspiro se dirige a su cama.
El sueño ya la ha vencido cuando el extraño resplandor ilumina de nuevo el jardín. No puede observar a la bella joven que la mira con ternura y que con gestos suaves ordena a quienes la acompañan que sea llevada hasta la nave.

Ni puede saber tampoco que ya más nunca dormirá en su cama, pues ahora, en compañía de su hija, se dirige velozmente hacia un destino desconocido.

Leonor María Fernández Riva
Santiago de Cali, Abril 23 de 2016


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