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lunes, 30 de mayo de 2016

La esencia

 

Era la víspera de Navidad  y las calles estaban congestionadas y bulliciosas. Sorteando el tránsito y los peatones Oderay llegó hasta la barriada suburbana. Disminuyó la marcha del vehículo y fue buscando con atención la dirección exacta. Estaba ansiosa.

Aquella mañana, se había levantado con el apremiante deseo  de organizar  su apartamento  y sobre todo, de poner  en orden el  aparatoso tsunami de papeles acumulados encima de su escritorio. Sin contemplaciones y sin  meditarlo dos veces, fue botando  agendas, cuadernos repletos de citas y apuntes, recibos, recortes de periódico, fotografías, artículos…

De pronto,  se topó con una vieja libreta de teléfonos que hacía tiempo había perdido de vista. Su primer impulso fue echarla también sin titubear  en la bolsa de reciclaje, pero cuando iba a hacerlo, experimentó un apremiante deseo por volver a recorrer sus páginas. Estaba ya un tanto cansada  y aprovechó para hacer  un alto en su labor y echarle una ojeada.

Ante sus ojos fueron desfilando una heterogénea variedad de nombres cada uno con un recuerdo diferente. Pensativa y nostálgica llegó a la letra zeta. Había allí  muy pocos nombres y estaba ya por lanzar la libreta a la funda de basura, cuando de improviso sus ojos se toparon con un nombre que ya creía olvidado: Alberto Zaldívar. Los recuerdos inundaron su  mente.

Quince  años atrás habían compartido  un taller sobre meditación y espiritualidad dictado por un reconocido maestro hindú radicado  momentáneamente en el país. Adrián, era un  joven atractivo e inteligente aunque a su parecer,  un tanto introvertido y  enigmático. Por aquellos días, trabajaba como ingeniero biológico en un laboratorio de renombre. Cuando se reunían  antes de ingresar al salón de meditación, solía hablarle con entusiasmo de los descubrimientos que realizaba constantemente en su trabajo. A Oderay siempre le pareció que su conocimiento y entusiasmo estaban desaprovechados al trabajar en un país tercermundista que pocas oportunidades podía brindarle para desarrollar sus hallazgos.

El taller que compartió con él  duró un año. Aunque esa forma de encontrar la serenidad a través de la respiración  se quedaría profundamente arraigada en la vida y costumbres de Oderay, la joven no podía menos que admirar el estado de total abstracción en el que se sumergía Adrián en cada una de las sesiones. Realmente su compañero vivía a través de la meditación una profunda y al parecer, muy placentera experiencia.

Lo de ella  era la ejecución superficial de una técnica milenaria, algo a lo que había acudido para contrarrestar el estrés de la vida cotidiana, pero en  Adrián ese aprendizaje fue el hallazgo de algo trascendental, un camino y una filosofía a seguir por el resto de su vida.

Al terminar el taller todos los participantes anotaron sus  respectivos teléfonos y se despidieron  con la misma efusividad con la que se despiden unos de otros  los viajeros que han compartido un viaje de turismo, manifestando con entusiasmo  el deseo de volver a verse pronto y continuar por siempre su naciente amistad. Vale acotar, que tal  como suele ocurrir con los compañeros de viaje, Oderay no volvió a encontrarse ni comunicarse con ninguno de los participantes en dicho curso.

 Entre Adrián y ella por lo contrario  había surgido una sincera amistad. Al despedirse, el joven  le manifestó su deseo de abandonarlo todo y marcharse con rumbo a la India y al Tibet a fin de  continuar allí el camino espiritual que había iniciado.

–¡A la India!  ¡Al Tibet! ¿Lo has pensado bien Adrián? ¿Y tu trabajo, y tu futuro?

–Sí, no creas, yo también he pensado en todo eso con un poco de temor pero este deseo es más fuerte que mis dudas. Estoy decidido. Voy en busca de mi verdad, quiero encontrar el sentido de la existencia, la esencia de la vida. Nada aquí me llena ya. Percibo que hay algo que debo descubrir. Y es allá, en esos lugares remotos donde pienso que lo encontraré.

Se despidieron con un abrazo deseándose suerte. Aunque solo se encontraban en el taller durante las sesiones de meditación, habían simpatizado mucho.

–Te escribiré –le dijo Adrián al despedirse– Sabrás si al fin encuentro lo que busco. Te lo prometo.

 – Espero que cumplas tu promesa– replicó Oderay  sonriendo y moviendo su cabeza como diciéndole: “¡Qué loco estás!”.

No volvieron a verse, pero cada año, durante la temporada navideña,  Oderay recibía  una tarjeta  de Adrián con mensajes enigmáticos y escuetos: “Descubriendo lo incognosible”. “Por fin, uno con el todo”.  “Adentrándome en la esencia”. 

 “Sí, pensaba  al recibir esos mensajes, “Adrián al final se salió con la suya. Anda por esos lejanos lugares profundizando en prácticas milenarias  y paseando su mente por quién sabe cuántos laberintos”.

 Hacía ya dos años sin embargo que no había vuelto a tener noticias suyas.  Inmersa en su trajín cotidiano, su recuerdo pasó a ser cada vez más  esporádico hasta esa mañana al encontrar su nombre en la vieja libreta de teléfonos.

Los recuerdos habían tornado a su mente. Sentía el apremiante impulso de volver a hablar con su amigo. Algo que había aprendido en sus encuentros con las filosofías orientales era que para un efecto existe siempre  una causalidad. Que todo ocurre por algo aunque al principio no lo percibamos. Por algún motivo había vuelto a recordar a Adrián. "Sí, se decía, por algún motivo he vuelto a recordarlo".

Sabía que era inútil, que él estaba muy lejos, que su número de teléfono seguro ya no existía y que nadie respondería a su llamado,  y sin embargo, pulsó con emoción cada uno de los números.

El teléfono repicó varias veces, y cuando ya se aprestaba a colgar, consciente de lo absurdo de esa llamada,  una voz  le respondió al otro lado de la línea:

 –¿Sí?

A pesar del tiempo transcurrido y aunque la voz se sentía lejana,  a Oderay le  pareció reconocerla,  ¡era Adrián!

–¡Adrián, eres tú?  – preguntó eufórica.

Silencio.

–¡Adrián, eres tú? –repitió inquieta.

–Sí, soy yo –contestó la misma voz.

–¡Qué gusto Adrián! ¿Cómo estás?¡Qué ha sido de tu vida?

–Es difícil de explicar. No lo entenderías.

 –¡Vaya, gracias. Bonito favor le haces a mi inteligencia!

–Hay realidades demasiado profundas, algún día tú también las conocerás.

–Podrías explicármelas, ¿no crees? Oye, ¿cuánto tiempo te vas a quedar aquí? Me gustaría verte.  Mañana es Navidad, ¿por qué no vienes a cenar conmigo?

–Mañana comprenderás que eso es imposible. Debo continuar mi viaje, amiga. Es un viaje largo y falta todavía un buen trecho. Has tenido siempre un sitio en mi pensamiento. A tu lado me inicié en lo que transformó mi vida.

–Dime al menos, si estás bien, si al final encontraste lo que tanto buscabas.

–No podría estar mejor. Y sí,  amiga, lo encontré: la esencia es el amor.   Ahora, adiós.

–¡Pero por favor,  no te vayas, así! ¡Adrián, Adrián!  ¿estás allí?

Pero ya nadie contestó.

Esa  llamada la dejó sumamente inquieta. Todo lo que habían hablado le parecía extraño. Y luego, esa despedida tan abrupta. Oderay estaba realmente intrigada. Buscó la vieja libreta y sí, allí al lado del teléfono estaba la dirección de Adrián. Alguna vez, mientras compartían el taller, lo había acercado a su casa en su automóvil. Vagamente recordaba donde era.  Por un momento pensó que quizá era mejor dejar todo así, pero era terca y estaba obstinada en  volver a ver a su amigo. Adrián no podría negarse a recibirla.


Y allí estaba ahora. Frente a la residencia de Adrián. Era aquel un barrio de casitas modestas todas muy similares aunque la de su amigo se veía un tanto más abandonada que las otras. Después de parquearse tocó a la puerta.

–¿Sí, quién es? – preguntó desde adentro una voz de mujer.

–Por favor –contestó la joven. Quisiera ver a Adrián,  puede decirle si es tan amable que su amiga Oderay está aquí?
       
La puerta se abrió y en el umbral apareció una mujer de mediana edad, de aspecto desapacible.

–¿Qué Adrián? – preguntó con gesto entre sorprendido y disgustado.

–Adrián Alberto Zaldívar, señora, ¿ es usted pariente?

–Soy su tía. ¿Para qué lo busca?

–Quiero darle un saludo por Navidad. Fuimos compañeros en un taller hace años y esta mañana me dijo que no iba a quedarse mucho tiempo acá, por eso quiero verlo antes de que se vaya.

–¿Está usted burlándose de mi? ¿Cómo que esta mañana habló con él?

–No sé por qué piensa usted eso, señora.

–Porque Adrián falleció hace ya un año. Murió en un lugar remoto del Tibet, sufrió un ataque al corazón. Nos dijeron que eso le ocurrió mientras realizaba una de sus profundas y cada vez más largas meditaciones.

 ¡Oiga, ¿qué le pasa? ¿Le ocurre algo señorita?
       
        

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